Este año se conmemora el centenario del nacimiento de Akira Kurosawa (1910-1998), considerado el director japonés por excelencia y uno de los mejores de la historia del cine, que fue pionero en acercar el entonces desconocido cine oriental a occidente allá por los años 50 cuando el monopolio norteamericano ocupaba casi todo el terreno cinematográfico. Kurosawa, que era descendiente de una familia de samuráis, se interesó desde muy joven por la cultura occidental, especialmente por el cine, que acababa de ser introducido en Japón. Sus principales fuentes de inspiración fueron los autores clásicos griegos, el dramaturgo William Shakespeare, autores rusos como Fedor Dostoievski o Maximo Gorki y directores como John Ford, entre otros. Sus comienzos en la industria cinematográfica fueron como ayudante del director Kajiro Yamamoto. No fue hasta 1943 cuando Kurosawa dirigió su primer film, La leyenda del gran judo, el cual fue un enorme éxito en Japón y originó varias secuelas. Tras dirigir una serie de notables filmes, entre los que se encuentran El ángel ebrio (1948), El perro rabioso o Duelo silencioso (ambas de 1949) llega la obra que les consagrarían tanto a él como al cine japonés: Rashomon (1950). El film resultó novedoso, ya que trata sobre un crimen narrado desde el punto de vista de cuatro personajes diferentes. Está considerado el primer film judicial de la historia del cine, además de ser el primero que triunfó fuera del país nipón, gracias en parte al León de Oro conquistado en la Mostra de Venecia. Después llegarían las míticas Los siete samuráis (1954), Trono de sangre (1957), La fortaleza escondida (1958), Yojimbo (1961) o El infierno del odio (1963), todas ellas interpretadas por Toshiro Mifune, su actor fetiche. En los siguientes años sus películas no consiguieron el éxito de antaño, lo que le sumió en una profunda depresión que incluso le llevó a un intento de suicidio. Pasado ese periodo convulso volvió a escena con Dersu Uzala (1975), una historia que narra la amistad de un oficial soviético con un cazador indígena siberiano. El film, de producción 100% soviética, fue un gran éxito, consiguió el Oscar a la mejor película extranjera y devolvió a Kurosawa el prestigio perdido además de situarle nuevamente en primera línea. En esta segunda juventud dirigió otras dos obras maestras: Kagemusha (1980), su vuelta al cine de samuráis, y Ran (1985), inspirada en la obra de Shakespeare El Rey Lear y considerada por muchos expertos como una de las mejores películas de la historia del cine. En estas últimas obras consiguió una poderosa combinación entre las imágenes y el color alcanzando tintes poéticos, y es que experimentó montones de técnicas para conseguir imágenes perfectas, como el uso de teleobjetivos para aplanar los encuadres, además que consideraba que cuanto más alejada estaba la cámara de los actores mejores interpretaciones se conseguían. Su perfeccionismo era tal que filmaba las escenas con varias cámaras para disponer de más ángulos en el montaje y hacía a los actores vestir los trajes de sus respectivos personajes desde mucho antes de comenzar el rodaje para una mejor adaptación a la hora de intepretar. Muchos le comparaban con Stanley Kubrick a la hora de dirigir debido a su gran exigencia sobre el equipo y la precisión milimétrica a la hora de rodar las escenas, lo cual se puede ver muy bien en el magnífico documental de Chris Marker A.K. (1985) y que muestra al director dirigiendo la citada Ran. Muchos directores reconocieron la influencia de Kurosawa en su obra: Sergio Leone realizó un remake de Yojimbo en clave de western, que daría como resultado el film Por un puñado de dólares (1964), George Lucas tomó referencias de La fortaleza escondida para la saga Star wars (1977) en los personajes de C3PO y R2D2 y en las transiciones de barridos entre las imágenes y John Sturges, que realizó un remake de Los siete samuráis nuevamente en clave de western, titulado Los siete magníficos (1960). Akira Kurosawa falleció mientras dormía el 6 de septiembre de 1998, pero siempre nos quedarán sus películas.

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